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jueves, 15 de mayo de 2008

Vértigo, la obra maestra de Hitchcock cumple medio siglo




La muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados han cumplido medio siglo. Vértigo, considerada una de las obras maestras del cine está de aniversario. Su estreno mundial tuvo lugar en 1958 en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y consiguió dos nominaciones en los Oscar, gracias a una temática que combina el suspenso con una tortuosa historia de amor.
Si bien en un principio no tuvo una gran respuesta del público, su despegue definitivo se produjo en los años 60 con los cineastas de la Nouvelle Vague, y con el magnífico libro que Truffaut dedidó al maestro y genio del suspenso.
Vértigo es una película de suspenso, pero también una compleja historia de amor donde la culpa y la muerte cobran sentido. Es un muestrario de los peores monstruos que el amor es capaz de crear y, sobretodo, una iconografía del psicoanálisis.
Protagonizada por James Stewart y Kim Novak, Vértigo es un paseo por el amor y la muerte. Desde su singular código de colores -verde para el recuerdo como fuente originaria del amor, rojo para la pasión y el deseo-, hasta su simbología -la torre Coit de San Francisco como símbolo fálico por excelencia, la secuencia de los sueños, la acrofobia que sufre el protagonista, Vértigo es un alucinante paseo por el amor y la muerte y, de nuevo, el amor y la muerte. O bien una canción de amor a una mujer doblemente imposible: por muerta y por ficticia.
Vértigo es la expresión máxima del cine como creación de una realidad total, envolvente y fascinante; llena de significados. Valga como ejemplo la primera vez que el detective John 'Scottie' Ferguson -Stewart- contempla a la misteriosa Madeleine -que luego será Judy y que fue representado por Kim Novak- lo hace en un restaurante con paredes rojas que en Vista Visión, el estridente sistema en el que fuera filmada la película, configura una tramoya alucinante en la que ella se pasea, éterea y vestida de verde: es que todo tiene una doble lectura en la película más personal, posiblemente, de Hitchcock.

El 'mago del suspense', tras comprar los derechos de la novela francesa de Boileau y Narcejac, se empeñó obsesivamente en adaptarla a su propio imaginario. Tanto que llegó a controlar hasta la posición en la que se disponía el objeto más nímio en cada una de las escenas. Posiblemente por eso, la gran secuencia de la historia del cine, junto con el tremendo plano secuencia de Sed de Mal, o a la grúa que se alza sobre muertos y heridos en la estación de Atlanta de Lo Que el Viento se Llevó, sea ese larguísimo beso sobre un fondo verde que se dan James Stewart y Kim Novak tras haber acabado de transformar el uno a la otra en la reencarnación de aquella mujer que tanto amó y después perdió.
Ese travelling circular resume la maravilla que es Vértigo: el morbo necrofílico del detective que besa a su amada, muerta y reencarnada en una dependienta, a la que ha arreglado como si fuera aquella dama de la alta sociedad de San Francisco que se suicidara a mitad de metraje.
Con la notable música de Bernard Herrman y los efectos de Saul Bass, la muerte y el deseo como nunca antes fueron filmados, cumplen cincuenta años. Y darán para 50 ó 500 más. Disfrútenlo:

viernes, 29 de febrero de 2008

sábado, 23 de febrero de 2008

CON LA MUERTE EN LOS TALONES

Realizada entre Vértigo (1958) y Psicosis (1960), dos de sus obras maestras, North by Northwest (1959), es un divertimento hitchcockiano en plena Guerra Fría con el telón de fondo de las Naciones Unidas y la tensión de espías yanquis y rusos tras poderosos y potenciales secretos de Estado. Aquí, el maestro se juega sus temas favoritos del hombre equivocado y el falso culpable en un relato que no da ni un segundo de tregua.

Mientras se toma un café con unos clientes en un hotel, un publicista (Cary Grant) es confundido por un agente del contraespionaje y es primero secuestrado y luego emborrachado para, tras su huída, ser perseguido por todos los Estados Unidos en una cacería interminable. La historia tiene un ritmo vertiginoso y está llena de las claves estéticas de corte y montaje que impuso el gran maestro y que después servirían para dar vida a toda la serie de películas de James Bond o los casos de Bourne, entre miles de otras.

Y pese a estar próxima a cumplir su medio siglo, Intriga Internacional o Con la muerte en los talones, es una película que se mantiene plenamente viva merced a sus saludables toques de humor y tensión dramática, y a las metáforas sexuales en la relación que el protagonista establece con la bella del relato (Eve Marie Saint). Inolvidable es la elipsis en que la jala al borde del abismo del Rushmore para terminar acomodándola en la cama del tren mientras éste inicia el acceso a un túnel.

La confusión de identidades que sirve como motor de esta historia en la que abundan personajes peligrosos (interpretados por James Mason y Martin Landau) establece los elementos de acoso en el cual el protagonista se ve paulatinamente atrapado en una zona de ardiente pesadilla, al borde de la muerte.

Varias escenas de este filme, como la persecución con la avioneta o la escapada por el monte Rushmore constituyen parte de los grandes legados de Hitchcock y son la matriz desde la cual se ha levantado el cine de acción moderno. El guión (Ernest Lehman), la música (Bernard Herrmann), y el montaje (George Tomasini) impulsan un relato de ritmo frenético y delirante que no da tregua. Auténtico suspenso a lo Hitchcock.




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