lunes, 3 de diciembre de 2007

David Lynch y su personal estética del cine


A propósito del próximo estreno de Inland Empire, unas palabras sobre el genial creador de Twin Peaks


Un cine hipnótico y seductor

David Lynch se ha especializado en construir películas donde la plasticidad, lo etéreo y lo propiamente pesadillezco se establece como el eje narrativo de historias cuyos personajes pierden todo contacto con la realidad y terminan enfrentados ante un otro que no es más que el otro-otro-de-sí mismo.
Es esta particularidad del cine de Lynch: plástico, discontinuo, inquietante, con trazos de obra experimental, unido a relatos donde se mezcla lo real con lo fantástico de la mente de sus personajes, lo que le asigna un lugar muy único y especial en el paisaje cinematográfico de los últimos 30 años, si tomamos como Cabeza borradora (Erasehead, 1977), su primera obra, el origen de esta nueva estética y de historias que dan para mucho ensayo psicoanalítico a lo Lacan o psicosocial a lo Foucault.

Y es que el cine de Lynch es de una intensidad que estremece. Quien haya visto Terciopelo Azul (Blue velvet, 1986), o El hombre elefante (The elephant man, 1980) sabe lo que es asistir a experiencias cinéfilas donde el horror y la pesadilla que ve en pantalla le aprieta el corazón y lo aplasta en la butaca como un escalofrío. No por nada mucha crítica señala que las obras de Lynch "se sienten, se huelen y se tocan". Curioso para un cineasta que no ha hecho de la formalidad estilística a lo Scorsese, Coppola o De Palma, una carta de presentación.
Su cine es intenso porque captura el desvarío, la locura interna de personajes escindidos que resultan atrapados en la espiral de su propia demencia, de su pérdida absoluta de lo que se llama la conciencia. Y su estética recoge los espacios que están siempre ocultos porque están a raz de piso (la oreja de Terciopelo Azul) o pegados al techo (las polillas de Lost Highway) develando que tras la fachada de la normalidad de las apariencias hay todo un universo anormal, pesadillezco.

El desvarío del otro-de-sí

Uno de los casos más emblemáticos es el del músico de jazz de la película Carretera perdida (Lost highway, 1996) interpretado por Bill Pullman, quien al sospechar de la infidelidad de su mujer se involucra en un hecho de sangre y tras una temporada en prisión sufre una "fuga psicogénica" que lo lleva a iniciar una nueva vida en el cuerpo del actor Balthazar Getty. En esta obra maestra compleja y sorprendente de los años 90, es tal la perfecta simetría y asimetría que logra construir Lynch que la presencia del "otro-de-sí" se hace manifiesta y casi natural al espectador lyncheano. La potencia estilística de este relato fantástico es comprendida plenamente al nivel del subconciente: los celos, el yo interior, el otro yo interpretado por Robert Blake en escenas macabras y escalofriantes que solo adquieren sentido en su transmisión visual.
Otro caso ocurre con El camino de los sueños (Mulholland Drive, 2001) donde los sueños de una joven que aspira a ser actriz tropiezan con el retrato real de una auténtica diva a la cual intentará arrebatar y absorber su propia identidad. El otro-de-sí es llevado aquí al paroxismo en lo opuesto de lo que Hollywood representa: la frustración, el miedo, el vacío de todo lo presto a llenarse con cualquier migaja del sistema.

Es un cine potente el de David Lynch. Un cine que no solo nos seduce y encanta con la solemnidad de su puesta en escena o las notables bandas sonoras de Angelo Badalamenti, sino que es un cine que nos atrapa e hipnotiza con una estética y con relatos que nos ayudan a descubrir nuevos paisajes y nuevas dimensiones en el universo siempre vivo del séptimo arte.

Marco Antonio Moreno

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